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Cuando se le fueron las ganas, dejó de jugar. Cuando quiso, desestabilizó al entrenador y después amagó con volver y no lo hizo. Criticó a sus compañeros y ahora vuelve...

En cualquier ámbito de la vida de una persona, siempre hay alguien que está por encima para marcarle los límites. En una empresa, ni siquiera el presidente puede hacer lo que quiere porque debe consensuar las decisiones más importantes con los directores; en un colegio, el preceptor suele aparecer cuando uno está por hacer la travesura que hará reír a todos sus compañeros y por encima de él está la rectora, cuyo despacho siempre es testigo de sermones interminables que pocas veces quedan en la cabeza de los adolescentes rebeldes.

Como éstos, hay miles de ejemplos. Incluso en una cancha de fútbol ni los jugadores pueden hacer lo que quieren porque dentro del rectángulo hay un hombre, generalmente vestido de negro, que imparte justicia y establece hasta donde pueden aplicar la fuerza y, lamentablemente, también a veces cercena muestras de fantasía pura dejando que los inhábiles vayan en busca de la pelota de forma intempestiva.

Pero hay alguien que no tiene jefe. Mejor dicho, hay alguien que es el jefe, esté donde esté. Cuando sintió que no tenía más para dar, simplemente dijo adiós y se tomó unas largas vacaciones alejándose del mundo del fútbol. Entrenó, sí. También jugó. Pero los picados con amigos, por más exigentes que sean, están exentos de la hermosa presión que se siente en el fútbol profesional. Más de una vez le debe haber sonado el teléfono en busca de una nota, pero él simplemente no tenía ganas de hablar y por eso no descuidó la parrilla para ver quién llamaba.

Lógicamente, cuando quiso, volvió a aparecer. Así como habla cuando quiere, también critica y elogia cuando le place y a quienes desea, sabiendo el peso que tiene su palabra y el efecto que provoca. Como todo estratega, conservó las relaciones mientras le convenía y rompió las mismas para llegar a su objetivo final. “El fin justifica los medios”, dijo Maquiavelo en el siglo XV y él, con el poder que tiene para manejar todo y a todos a voluntad, hasta llegó a poner en un segundo plano lo que alguna vez confesó amar: el fútbol, para ordenar a gusto las cosas en su club desde las sombras.

Una vez que el terreno estaba listo para la cosecha, nuevamente hizo un amague inesperado, como una adolescente que deja al hombre acercarse demostrándole interés, pero cuando prevé que se viene el beso le corre la cara y lo humilla delante de todos los amigos, que sin dudas al otro día le recordaran dicha situación al pobre desafortunado. A pesar de que el país tiene moneda propia, él quiso cobrar al valor de un billete ajeno y por eso volvió a alejarse, una vez más, dejando a todos confundidos.

Sólo cuando se peleó con el jefe de jefes no pudo hacer lo que se le dio la gana y se perdió un Mundial, pero esta vez fue diferente. Cambió la pretemporada por los partidos en el country, y como no le gustó el rendimiento del equipo en el verano, pateó el escritorio, se levantó de su sillón acolchonado y decidió solidarizarse con los mismos compañeros a los que había criticado. El jefe hace lo que quiere y esta vez lo hizo de nuevo.

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