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Lejos de la frescura propia de los adolescentes, esta Selección Argentina Sub-20 mostró actitudes individualistas que conspiraron contra cualquier idea futbolística.

Pablo Aro Geraldes
Editor Jefe
Goal.com Argentina
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Sub-20, una fórmula que remite a frescura, desfachatez, desenfado, ansias locas de victoria... y también ideales, compromiso sin medida, valentía, sana rebeldía.

Algo pasó; algo se quedó en el camino. O algo nos perdimos, porque esta historia no cierra. "Juventud sin rebeldía es servidumbre precoz", escribió José Ingenieros hace exactamente un siglo, cuando en 1913 publicó "El hombre mediocre". Escritor, pero antes médico psiquiatra, psicólogo y sociólogo, Ingenieros sabía de qué hablaba.

Seguramente la PlayStation pueda parecer más tentadora que los libros de José Ingenieros para los pibes de 19 años. Ya está, no se trata de hachar el pesado árbol caído en Mendoza. La nueva eliminación para el Mundial de la categoría (como en 2009) quedará como uno de los grandes fracasos deportivos de la AFA, pero hay algo peor.

Darle vuelta al sistema táctico ya no tiene sentido. El 4-3-3, el 4-1-4-1, el 4-4-2, son todos números de teléfono. Repasar las derrotas con Chile y Paraguay y el magro empate con Bolivia sería un ejercicio de masoquismo inconducente. Las responsabilidades hay que buscarlas desde arriba hacia abajo, pero este tristísimo paso por Mendoza deja enseñanzas que valen la pena tomar.

Siguiendo con José Ingenieros, si esta selección juvenil no mostró ninguna rebeldía, cabe preguntarse a quién sirven precozmente estos jugadores. O a qué. Víctimas de un sistema que les inculca que solamente sirve ganar y que no importan las formas con tal de mantener los privilegios propios de millonarios prematuros, estos pibes pasan a engrosar las filas de los que siguieron de largo, de los que perdieron la oportunidad.

Cuando el 21 de junio empiece el Mundial de Turquía ante la indiferencia general del público argentino, ellos van a sentir un planchazo en el pecho. Pudieron ganarse ese lugar, tuvieron con qué, pero un cúmulo de estrellas no conforma un equipo. El individualismo, esa actitud tan desgraciada para un adolescente, se apoderó de muchos y los nombres propios no sumaron para un proyecto colectivo.

La palabra "Juveniles" seguirá trayendo a la memoria las corridas de Diego Maradona y Ramón Díaz en aquella selección inolvidable que comandó César Luis Menotti en 1979, una síntesis de lo mejor de la identidad futbolística nacional. O a todas aquellas que desde el silencio y la sapienza comandó José Pekerman para bañar de gloria al Sub-20 argentino y, sobre todo, para marcar un camino de honestidad, trabajo y esfuerzo en pos de una idea futbolística que el mundo supo admirar.

Lejos de esos modelos que despertaban las ganas de pegarse al televisor, aunque el reloj marcase las 4 de la mañana, estas últimas selecciones van por otra vía. Las tribunas vacías de Mendoza fueron una sentencia inapelable. Ojalá los tres fracasos consecutivos (eliminaciones para el Mundial Sub-20 de Egipto 2009, los Juegos Olímpicos Londres 2012 y esta última, como locales) lleven a replantear qué es un seleccionado juvenil y no quedarse señalando solamente a los técnicos de turno (Batista, Perazzo y Trobbiani). Porque mientras arriba sigan apostando a que todo pase, abajo, se está gestando una servidumbre precoz.

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