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La Selección Argentina Sub-20 llegó al Sudamericano como candidata por sus individualidades pero no demostró ser un equipo. Ahora, camina a la deriva rumbo a la eliminación.

Luciano Román Garzo
Redactor
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Cuando un técnico dispone de tres o cuatro jugadores catalogados como “diferentes” en su plantel, el hecho de no saber cómo ubicarlos puede traerle más problemas que soluciones y eso es lo que le sucede a Marcelo Trobbiani. El técnico de la Selección Argentina Sub-20 creyó que tirando en la cancha a Ruiz, Centurión, Iturbe y Vietto iba a contar con un cuadrado mágico demoledor y la realidad le dio una cachetada: individualismo extremo y poca conexión en los dos primeros partidos -que fueron dos derrotas- y en el tercer compromiso, sólo el punta de Racing salió al campo de juego desde el inicio. Quizás esa fue la única decisión acertada de Trobbiani, no haberlo sacado a Vietto, que hasta aquí fue el más peligroso del equipo, aunque en la previa su función iba a ser culminar las brillantes jugadas elaboradas por un trío fantástico que no fue tal.

Es un error inadmisible querer ganar un torneo jugando al fulbito con tres o cuatro jugadores de potrero y  sin montar una estructura que les permita quedar mano a mano con un defensor al borde del área rival para que ahí sí utilicen su habilidad y demuestren si realmente son tan desequilibrantes como un cree. Ejemplos sobran y, sin ir más lejos, hace apenas un año y medio la Selección mayor conducida por Sergio Batista sucumbía en la Copa América con Messi, Tevez, Higuaín, Agüero y Di María en cancha.

Para contar con un equipo en el que todos jueguen de todo hay que trabajar muchos años, no hay que dejarse engañar por la máquina que despedaza rivales en todas las canchas comandada por Sergio Busquets y organizada por Iniesta y Xavi. No alcanza con tener la materia prima, el producto hay que elaborarlo y eso requiere de un técnico con carácter que le inculque a los jugadores que ninguno está por encima de él ni del conjunto. No importa cuán importantes sean en sus equipos ni las responsabilidades que sus entrenadores les deleguen, al juntarse todos bajo el manto celeste y blanco deben combinarse para jugar en conjunto, algo que el conductor de este equipo hasta aquí no logró.

Por otra parte, además de las falencias tácticas del técnico, también hay que comprender que este grupo de adolescentes se encuentra en un cruel sube y baja en el que por tener un par de partidos buenos las portadas de los diarios anuncian ventas a Europa por 10 millones de euros y luego, por un par de derrotas, dejan de ser esos cracks y más que nunca queda en evidencia que son millonarios prematuros. Para combatir dicha bipolaridad es necesario que la cabeza del grupo tenga el suficiente carácter como para hacer que sus jugadores tengan los pies sobre la tierra a pesar de las cifras inusitadas que circulan en el entorno de los futbolistas.

La clasificación al Mundial de Turquía no está en manos de Argentina y sólo una combinación de resultados puede mantener la esperanza de los chicos de Trobbiani. Puede que todo salga bien y el equipo clasifique al hexagonal final y hasta sea campeón o quizá suceda lo que más se acerca a la lógica y la última fecha sea sólo para cumplir. Sin importar el resultado final, lo que hay que evaluar es la conformación del conjunto y esa, para Trobbiani, es una asignatura pendiente.

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