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El ruido provocado por el vendaval de La Bombonera despertó a Carlos Bianchi de la siesta. Con su llegada, como si fuera un mesías, abrió los cielos y ahora reina la paz en Boca.

Luciano Román Garzo
Redactor
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Como un avión que se mete dentro de una tormenta y comienza a vibrar, diciembre fue un suplicio para la nave azul y oro piloteada por Julio Falcioni. También se complicó el panorama para Daniel Angelici, quien posiblemente arruinó su plan de renovarle el contrato en aquella cena antes del partido con Godoy Cruz, o quizás todo haya sido orquestado con la intención de que la gente explotara el sábado en La Bombonera y lograra hacer el bullicio suficiente como para que Carlos Bianchi entreabriera los ojos, le echara un vistazo al calendario y llegara a la conclusión de que el día del regreso había llegado.

El flamante técnico deberá luchar contra la vara que él mismo dejó en una altura inalcanzable para la mayoría de los entrenadores que pasaron por Boca luego de su último ciclo. No tiene los mismos jugadores, pero seguramente conserva su poder de motivación para lograr que los suplentes estén igual de conformes que los titulares. Es inevitable que la afición xeneize se ilusione y ya esté buscando los precios de los ticket aéreos hacia Marruecos, donde se disputará el próximo Mundial de Clubes. Quizá cuando baje la adrenalina y la pelota vuelva a rodar, al ver las falencias del equipo, que seguramente las tendrá, la gente entenderá que hace falta trabajo para que el equipo tenga el sello de Bianchi.

Gran parte de los dirigentes, jugadores y sobre todo los hinchas estaban disconformes con la continuidad de Falcioni. A nivel institucional, un técnico que no habla cuando pierde perjudica la imagen del club, algo que por supuesto no favorece a los directivos. En cuanto al grupo, desde aquel malentendido en Barinas en el penoso debut por Copa Libertadores, paradójicamente un 14 de febrero, la relación se quebró pero ninguna de las partes lo manifestó de forma explícita y la agonía que precedió la separación duró 10 meses. Los que están del otro lado del alambrado no hicieron más que gritar con más fuerza que nunca lo que venían clamando durante todo el semestre cuando apareció en pantalla la figura de Bianchi, en la despedida de Rolando Schiavi.

Todo ese clima adverso generó incertidumbre porque Boca vuelve a jugar la Libertadores y aquella final perdida ante Corinthians en el Pacaembú dejó al plantel con sed de revancha. Las nubes negras eran amenazantes pero el Virrey finalmente se refregó los ojos, se destapó y abrió la puerta del cuarto que lo albergó durante los seis años de inactividad como director técnico. Su llegada a La Bombonera modificó radicalmente el presente del cuadro de La Ribera y por esa zona ya no cunde el pánico, sino que se puede oler el optimismo que irradia la Casa Amarilla.

La democracia del manejo de Bianchi, rasgo principal en su perfil como DT, borró de un plumazo el autoritarismo que Falcioni intentó imponer desde que llegó a Boca cuando quiso establecer que "adentro de la cancha todos los jugadores tenían que correr por igual", pedido que claramente el flamante técnico no le hará al grupo, porque su estilo es completamente diferente. Basta con ver la final Intercontinental del 2000, cuando Aníbal Matellán fue la pesadilla de Luis Figo, que en ese momento era uno de los más desequilibrantes del mundo. La simpleza del goleador histórico de Vélez para transmitirle a un dirigido lo que pretende que haga dentro de la cancha es un factor determinante para que el profesional se sienta cómodo y capte a la perfección la tarea a realizar.

Para Bianchi, el que es habilidoso tiene que jugar de enganche y no de volante por izquierda, como hizo Falcioni con el pobre Paredes, que cuando se tiró al medio hizo la diferencia y sacó adelante tres clásicos en los que a Boca se le complicaba. La frase de Román: "Bianchi hablaba en el vestuario y los jóvenes ni pensaban en agarrar el telefonito", expresa claramente que el canoso entrenador no busca ser reconocido como autoridad mediante los verbos imperativos, sino que la conexión con los jugadores se fortalece cuando él da cátedra dentro de ese recinto que es el corazón del plantel.

En Boca llegó el verano en todo sentido, pero aún hay una nube y aunque el cielo está bajo su jurisdicción, Carlos Bianchi deberá invocar al Dios del fútbol de la religión xeneize, que si bien no se fue a dormir la siesta, está descansando en sus aposentos, rodeado de amigos, pero mantiene la forma.

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