thumbnail Hola,

A los 38 años, Ortega decidió dejar el fútbol profesional. Dueño de una habilidad indescifrable, su retiro resalta la ausencia de jugadores desequilibrantes, distintos al común.

Aunque muchas veces nos genere el efecto contrario, el fútbol es un lugar para encontrar felicidad. La alegría de un gol, de un caño o de una gambeta son momentos de un disfrute pleno. Cuanto más virtuosa sea la jugada, más se la saborea. Claro que no cualquier jugador es capaz de despertar esa atención en el espectador, de saber que cuando la pelota llega a sus pies puede pasar algo distinto. Ariel Arnaldo Ortega era uno de esos futbolistas: impredecible, desfachatado, genial, dueño de una habilidad única, con sello propio, con una forma de jugar imposible de encontrar en otro futbolista, puro potrero, nacido y forjado en Ledesma, provincia de Jujuy. A los 38 años, el Burrito decidió ponerle punto final a su extensa carrera de más de 20 años y así el fútbol se queda un poco más rengo de habilidad y alegría.

Es verdad que en los últimos años ya no era el mismo de sus comienzos y de la mayor parte de su carrera. Su problema con el alcohol y sus reiteradas ausencias en los entrenamientos le restaron frescura y continuidad. Sin embargo, ya con esa situación a cuestas, Ortega fue clave en los títulos de Newell’s en 2004 y de River en 2008. Claro que la tendencia de faltar a las prácticas se acentuó cada vez más y eso aceleró su salida del equipo millonario. Pero este final deslucido no borra en absoluto una carrera que incluye siete títulos locales (seis con River, uno con Newell’s), una Copa Libertadores en 1996, una Supercopa italiana con el Parma, y la medalla de Plata en los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996. Además jugó tres mundiales: Estados Unidos 1994, en el que tuvo que reemplazar a un tal Maradona, Francia 1998 y Corea/Japón 2002.

Más allá de los títulos, de los éxitos y de los fracasos, lo fundamental de la carrera de Ortega fue su forma de jugar. Con la camiseta que fuera, nunca renunció a su fútbol, siempre pidió la pelota para encarar, una y otra vez. Jamás se amedrentó por una patada, por más grandote que fuera el defensor. Al contrario, cuanto más le pegaban más la pedía. Personalmente, una de las mejores actuaciones individuales que vi de un futbolista, fue la de Ortega contra Inglaterra en el Mundial de Francia en 1998. Fueron 120 minutos a puro arranque y freno, enganche y gambeta, de lo mejor de su repertorio. El Burrito flotaba por la cancha y los jugadores ingleses no sabían qué hacer para pararlo. Fue un placer ver jugar a Ortega aquella noche en Saint Etienne por los octavos de final. Luego vino el partido contra Holanda, el penal que no le cobran y el cabezazo a Van der Sar. Pero aquella noche ante los ingleses fue memorable.

La última temporada, Ortega jugó sin mayores repercusiones en Defensores de Belgrano, en la Primera B Metropolitana. Su retiro se veía venir y no genera demasiada sorpresa. Lo cierto es que el fin de su carrera pone en evidencia cuánto se extrañan sus gambetas, sus quiebres de cintura, sus caños y sus goles, que ya no volverán. Con el retiro de Ortega se va una hermosa forma de jugar al fútbol, que es también una manera de sentirlo. Es el fútbol del potrero, el que emociona y hace feliz al que lo observa.

 

Artículos relacionados