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Lionel Messi soñó con ser el mejor desde sus inicios en Rosario hasta su llegada a Barcelona. Lo ha conseguido todo, pero su hambre parece no tener fin.

Tengo un amigo al que no le gusta demasiado el fútbol. Es capaz de verlo, de disfrutarlo si el partido en sí tiene un cierto interés global, e incluso se podría decir que tiene conocimientos suficientes para entenderlo sin dificultades. En esto coincide con la mayoría de los comunes. Lo que le diferencia, por lo tanto, es más banal y radica en la esencia: no es capaz de sentirlo, de amarlo.

Su aporte a la historia del mismo, en cambio, es superlativa. Al menos para nosotros, que de vez en cuando seguimos recordando el momento en el que giró la cabeza del televisor y sentenció con la misma firmeza con la que pedía una nueva ronda al camarero: “Ese chico va a ser el mejor jugador del mundo”. El chico en cuestión acababa de salir en el segundo tiempo y completaba su tercer o cuarto partido en Primera División. La apuesta era demasiado arriesgada como para merecer una contestación instantánea, así que tras un sentido silencio valorativo, decidimos continuar la conversación entre elogios a los firuletes de Ronaldinho o Eto´o y las posibilidades reales de que el Atlético bajase a Segunda división, que por aquel entonces no eran pocas.

Supongo que mi amigo vio algo parecido a lo que debieron ver Albert Benaiges o Álex García, director de las categorías inferiores del Barcelona y entrenador del Cadete respectivamente, cuando Leo llegó a la Masía rebotado del fútbol argentino, donde ningún club quiso costear el tratamiento hormonal que le ayudaba en el crecimiento. “Era diferente. Tenía todo el talento del mundo, y nosotros sólo le ayudamos a que lo puliese. Aun así: ¿quién iba a pensar que se convertiría en lo que hoy es?”, explica Benaiges.

A su llegada, todos coincidían en lo mismo: aquello no era normal. No el hecho de que un chico de menos de metro y medio regatease todo lo que le salía al paso, sino la facilidad para llevar al extremo la comprensión del espacio físico y espacial en un campo de fútbol. “Es como si hubiera nacido para hacer eso. Muchos decían que con los mayores no podría hacerlo, y ahí tiene el resultado”, comenta Marc Valiente, hoy jugador del Real Valladolid y compañero de Messi en aquel Cadete del 87' que batió todos los récords posibles. El que fuera su entrenador aquel año, Álex García, coincide: “era una esponja, interpretaba todo a la perfección”. Sólo quedaba esperar.

Esa condición natural para entender e interpretar lo que tiene a su alrededor, ha marcado su carácter. Profundamente tímido, sus compañeros al llegar a la Masía pensaban que era mudo, algo que sólo los gritos y comentarios durante las partidas de Play Station pudieron desmentir. “Yo soy íntimo suyo, y cuando me quedo a cenar con los amigos de mi cuadrilla, le digo que se venga. Lo conocen, y son gente muy normal, por lo que no habría problema, pero le da tanta vergüenza que muchas veces no llama por no molestar”, apunta Xavi Hernández, compañero suyo en el Barcelona y eje de la Selección Española. “Es un tío mucho más inteligente de lo que proyecta. En décimas de segundo interpreta todo, y cuando va conduciendo ya sabe donde está cada uno situado, por eso se equivoca tan pocas veces. Un tipo tonto no puede jugar al fútbol; inculto sí, pero tonto no”, finaliza Xavi.

Fuera del fútbol, y a punto de ser padre, Messi es un tipo normal. O todo lo normal que se puede ser cuando eres el mejor realizando algo que practica tanta gente en el mundo. La importancia social y mediática es mayor, por ejemplo, que ser el mejor nadando los cien metros espalda. No hay comparación posible. Sigue siendo un chico familiar, el mismo que lloraba cuando su madre le dejaba en la escuela y amenazaba con volver corriendo hasta casa, situada en el barrio rosarino de La Bajada. El mismo que con cuatro años deslumbró en Grandoli, un club de barrio, antes de llamar la atención de Newell´s Old Boys. El mismo que sigue dedicando los goles a la abuela Celia.

Fue precisamente en la cantera del club rojinegro donde coincidió con el descubridor de tantas y tantas figuras del fútbol argentino: Jorge Griffa. Hoy, desde su casa de Buenos Aires, mientras comenta ilusionado el regreso a Newell´s como presidente, apunta que “lo mejor de Messi está por llegar. Acaba de completar la segunda etapa de formación y es a partir de los 25 y hasta los 30 cuando el jugador utiliza ese margen para desarrollar todo lo que ha aprendido. Créame, lo mejor está por llegar”, apunta.

Diez años después de llegar a Barcelona, el asunto no ha cambiado demasiado: sigue marcando diferencias al ritmo que va llenando sus vitrinas de premios individuales y colectivos. Cinco ligas, dos Copas del Rey, tres Champions, dos Mundiales de Clubes, un Oro Olímpico y tres balones de Oro que le acreditan sin duda, como el mejor jugador del mundo.

Es difícil imaginar dónde está el techo de Messi, que parece llevar al máximo la frase del escritor y poeta austriaco Rainer Rilke que advierte que ‘la infancia es la patria de todos los hombres’. Y en la infancia, cuando se jugaba a ‘pan y queso’ para ver quién elegía primero, todos buscaban al pequeño Leo. Como ahora. En el fondo las cosas no han cambiado demasiado ni para él, que sigue sorteando rivales como quién deshoja margaritas, como para mi amigo, que sigue sin emocionarse con el fútbol.

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