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En exclusiva, el exárbitro internacional habló sobre el mal momento del referato argentino, su carrera, su pasión por la escritura y el día que tuvo que expulsar a Zidane.

Siempre tuvo una relación estrecha con el deporte, aunque llegó a ser árbitro casi por casualidad. Fue el único en dirigir el partido inaugural y la final de un Mundial. Expulsó a Zinedine Zidane en su último encuentro como profesional. Después de su retiro, respondiendo a su vocación docente, trabajó como formador primero para la AFA y luego para la FIFA. En diálogo con Goal, Horacio Elizondo rememoró sus comienzos en la profesión que lo consagró, opinó sobre los candidatos a impartir justicia en Brasil 2014 y analizó los pormenores del arbitraje argentino e internacional.

Cuando eras chico practicaste varios deportes, ¿por qué los dejaste?


Yo soñaba con ser jugador de Primera y de Selección. Cuando empecé a jugar en las inferiores de Quilmes, me di cuenta de que había muchos y el camino iba a ser dificultoso. Ahí empecé a hacer atletismo, arranqué con el fondo, después seguí por la velocidad, por los saltos, y tenía buenas marcas en la mayoría de las pruebas, pero me encontré con un problema que es el salto con garrocha. Yo le tengo vértigo a la altura así que no lo podía hacer. Hasta salto en alto iba, pero ya con la garrocha me perdía. Despues tuve que dejar el atletismo porque entre el trabajo y el estudio no tenía tiempo.

¿Cómo llegaste al arbitraje? 

Cuando estaba en primer año del profesorado –de educación física- me tocó dirigir un partido de handball y cuando terminé el profesor me dijo "¿usted nunca pensó en ser árbitro? Porque cuando pasó la línea lateral y se convirtió en un árbitro hay dos cosas que me llamaron la atención: empezó a tratar de usted a sus compañeros y amonestó a su mejor amigo". Me estuvo insistiendo durante mucho tiempo y siempre le decía que no. Un día volviendo para mi casa (Don Bosco) desde Capital, pasé caminando por una puerta grande de vidrio y metal que decía "Abierta la inscripción para árbitros". Seguí caminando, pero justo en la esquina no podía cruzar por el semáforo y me vino la imagen del profesor y el cartel. Miré la hora y volví para atrás. Cuando me enfrenté al cartel y miré para arriba, era la AFA. Entré, me anoté y ahí empezó esta aventura.

¿Admiraste a algún árbitro o mirabas a alguno para aprender? 

En Argentina en la década del ’80 hubo un grupo importante, en cantidad y en calidad. Juan Carlos Loustau, Carlos Espósito, Jorge Romero que estaba terminando, Ricardo Calabria, Juan Carlos Biscay, Francisco Lamolina que estaba en sus inicios, Juan Bava. Había señores árbitros e indudablemente uno miraba sus grandes fortalezas y casi siempre alguno se caracterizaba por algo en particular. Yo recuerdo de Bava, la personalidad; de Loustau la estampa, la elegancia, el don de control del juego; Romero partía de un liderazgo mucho más patriarcal, les ofrecía un pañuelo a los jugadores cuando se lastimaban; Calabria, Biscay y Lamolina le daban mucha continuidad al juego. Eran las cosas que yo miraba de ellos.

Desde lo estrictamente futbolístico, ¿cuál fue el partido más difícil que te tocó dirigir?

La final del Mundial fue el partido más mediático, pero no fue el más difícil para dirigir dentro de un campo de juego. Un partido difícil fue, por ejemplo, en el año '95, Vélez-Español. El equipo de Bianchi ese año salió campeón, pero ese viernes a la noche perdió 3-2 con Deportivo Español, en el primer tiempo perdía 3-0, yo les había expulsado a dos jugadores y uno de ellos, antes de los 25 minutos, fue (José Luis) Chilavert. Fue un partido trabado, también expulsé a (Carlos) Compagnucci y fue bravo porque Chilavert no se quería ir de la cancha. Terminó el partido y volvió a ingresar. Yo salí del estadio a las 3 de la mañana, la gente estaba enloquecida. El presidente era (Raúl) Gámez y llegó al vestuario salpicado de sangre porque se había peleado con plateístas que querían venir a hacer justicia por mano propia conmigo. Volví a Vélez un año y medio después, cuando daban la vuelta olímpica porque habían ganado la Supercopa. Usé un poco la astucia y la inteligencia y me metí en la mitad de la vuelta para pasar desapercibido, pero cortaron los aplausos a los jugadores y me empezaron a putear a mí. Después con el tiempo pasó, pero costó.

Fuiste candidato a dirigir dos Mundiales antes de 2006, ¿el de Alemania te llegó en el momento justo?

En el ’98, que fue Javier (Castrilli) yo tenía cuatro años de árbitro internacional recién y con 33 años estaba bastante verde, todavía me faltaba desarrollo. A Corea-Japón, en 2002, llegué mejor posicionado. Yo creía que se podía dar esa situación y no se dio. Eso me ayudó a preguntarme qué quería ir a hacer al Mundial y me preparé para dirigir la final, no en términos literales, sino que el partido que me designaran para mí tenía que ser una final. Con Rodolfo Otero y Darío García, que fueron los asistentes, empezamos a trabajar desde ese lugar tres años antes y sumé madurez y equilibrio emocional, que a la hora de tomar decisiones es un elemento muy importante.

Siempre recalcaste, más allá de la final, la importancia de haber dirigido el partido inaugural. 

Para mí fue la final anticipada. Si te eligen para el partido inaugural es porque dentro de todos los que están en el Mundial, sos uno de los mejores. Más allá de la satisfacción, es una responsabilidad importante porque vas a marcar un poco el rumbo de todo lo que se vino trabajando, de las decisiones que se van a tomar en los campos de juego. Ese partido (Alemania-Costa Rica) para mí fue muy emocional porque pasaron por mi cabeza los 23 años de trabajo que le había dedicado, la gente que me ayudó y que estuvo, así que fue fuerte. Yo me acuerdo que en los primeros 15 minutos en un momento me ahogué y yo físicamente siempre estuve muy bien, pero estaba corriendo por demás porque estaba tan embargado emocionalmente que parecía un potrillo sin domar. Después me di cuenta y me tranquilicé.

¿Te hiciste más reconocido internacionalmente por la expulsión a Zidane?

Por la jugada, por ser la final de un Mundial, por la trascendencia del jugador que era el capitán de la Selección francesa y el mejor del mundo. No fue una jugada complicada para tomar la decisión, pero uno no puede dejar de reconocer que fue la decisión más mediática que tomó. Ya van a haber pasado dos Mundiales y todo el mundo me sigue preguntando por eso. Fue un hecho muy significativo, pero no de las decisiones más importantes que tomé en mi carrera.

¿Cómo fue tomar esa determinación sin haber visto la jugada y confiando en el cuarto árbitro? 

La base del trabajo en equipo es la confianza y nosotros veníamos trabajando tres años antes, compartiendo distintas clínicas, workshops, partidos de Eliminatorias, mundiales juveniles. Teníamos un conocimiento muy grande de cada compañero y yo lo que me dijese Luis Medina Cantalejo iba y lo ejecutaba, y lo mismo si hubiésemos cambiado el rol. Era como si me lo dijera mi hermano. Tomé una decisión ciego, pero con toda la confianza hacia el cuarto árbitro.

¿En qué situación se encuentra el arbitraje argentino con vistas a la próxima Copa del Mundo? 

En 2011 se eligieron los precandidatos y desde el punto de partida fueron (Sául) Laverni, (Federico) Beligoy, (Néstor) Pitana y (Diego) Abal. Laverni y Beligoy terminaron cayendo y quedaron Abal y Pitana con un montón de pibes nuevos. Hoy algunos podrían pensar en (Germán) Delfino, pero no porque esto empezó tres años antes y él tampoco tiene la trayectoria internacional como para poder aguantar en este momento un Mundial y dirigirlo con autoridad. No porque no tenga capacidad, pero le falta desarrollo, experiencia y madurez. Incluso todos los árbitros que llegaban a dirigir una Copa del Mundo lo hacían con una carrera muy extensa. Hoy si vemos estrictamente a Abal y Pitana y repasamos el currículum, no sé si alguno de los dos jugó todos los clásicos y en gran cantidad, y también suman muy pocos partidos de "serie A", que son los de selecciones. Un árbitro mundialista tiene que llegar al menos con 15 partidos de "serie A" y ni juntando a los dos llegan a 15. Es lo que hay y son los dos representantes, así que veremos en los primeros días de enero quién es el elegido.

¿Y en el contexto internacional? ¿Hay algún árbitro en particular o alguna liga donde el arbitraje se destaque?

Para mí el referente actual del arbitraje sudamericano es Wilmar Roldán, que es colombiano. Argentina, que siempre tuvo árbitros de excelencia, Brasil y Uruguay, que fueron países de referencia arbitral, están hoy en día mucho más atrás. Yendo a Europa, el arbitraje español me gusta porque tienen un enfoque desde hace muchos años que no lo ha perdido. Cuando ves a un árbitro español te das cuenta por cómo corre la cancha, cómo se posiciona, cómo arma sus campos visuales para tomar decisiones. Tienen un sello. También mejoraron mucho los alemanes y los italianos.

Mientras estuviste en actividad, eras de hablar poco y apelar mucho al lenguaje gestual. ¿Hay un método mejor que otro para controlar un partido o tiene que ver con la personalidad de cada árbitro?

Una de mis grandes fortalezas era la comunicación no verbal. Yo era de hablar mucho con el cuerpo y me resultaba, incluso hasta en ciertos gestos tenía en cuenta no sólo al jugador sino al marco, a los hinchas, todo el contexto del partido. Elegía hablar poco y lo justo porque los partidos tienen una velocidad y un ritmo, entonces trataba de entenderme con el jugador lo más rápido posible. Hay árbitros que hablan mucho, a mí no me parece que contribuya al juego esta cuestión de estar hablando o gesticulando tanto. Creo que todo tiene que tener un punto medio y uno tiene que tender a eso.

En algún momento de tu carrera tus problemas personales afectaron tu rendimiento y te ayudó ir al psicólogo.

La lucidez mental tiene que ver con la capacidad de atención y concentración que tengas para poder bajar todo tu conocimiento. Si tu equilibrio emocional está desbalanceado, eso afecta tu lucidez mental, es decir que tu capacidad de atención y concentración bajan y con los conocimientos no te alcanza y no podés hacer mucho. Entonces hay que prepararse, más allá del arbitraje, para tomar decisiones. Desde ese lugar se le da un enfoque al arbitraje más amplio y no tan concentrado en lo específico. Me parece que esa tiene que ser la preparación.

También encontraste un respaldo en la escritura.

Yo empecé a escribir como una manera de hacer catarsis. Me resultaba mucho más fácil en la pluma que de manera oral ser más sincero con lo que sentía y lo que pensaba. No porque mintiera, pero sí me quedaba con muchas cosas adentro y no las podía sacar. A través de la escritura encontré una forma mucho más espontánea y más libre de poder sacarlas y siempre alguna frase, alguna prosa o alguna poesía escribo.

En algunas oportunidades fuiste crítico del rol de la televisión en el fútbol, con respecto a la intromisión en el normal desarrollo de los partidos. ¿Cómo ves al  Fútbol para Todos?

Desde la mayoría de la gente, por lo que nos pasa y lo que sentimos en Argentina con respecto al fútbol, que es muy fuerte, esta cuestión de que todos puedan ver los partidos, ver los goles, disfrutar, que no haya diferencia entre los que tienen plata y no tienen plata, es un golazo de mitad de cancha. Por otro lado entiendo que haya gente que no piense lo mismo y no esté de acuerdo con que se gaste la plata de sus impuestos en eso, pero es así. Después veremos cómo lo manejarán futuros gobiernos, pero creo que está totalmente instalado, que tiene que seguir estando, que incluso se puede mejorar. Bienvenido sea el Fútbol Para Todos, creo que puede estar mucho mejor de lo que está, pero las cosas en algún momento tienen que empezar, rodar y ver qué se puede ir haciendo más adelante y cuál es la intención.

Trabajaste un año como Director de Formación Arbitral, pero siempre estuvo latente el conflicto por la cuestión de las designaciones arbitrales. ¿Cómo fue esa experiencia?

Yo venía con una idea de cambiar el paradigma del arbitraje, eso hizo algo de ruido, pero el ruido más grande estuvo en esta discusión de responsabilidades y de poder. Yo había creído que iba a tener un poder de decisión importante, pero con el correr de los meses me di cuenta de que no lo tuve, ni lo iba a tener. No quería ser una imagen o una caricatura si indudablemente no iba a poder emplear todo lo que sabía y lo que consideraba. Para ellos estaba todo bien de esa manera y yo me fui.

¿Te gustaría tener revancha en AFA? 

No soy de esas personas que buscan los responsables hacia afuera. Si me tuviera que hacer una autocrítica de gestión, quizás fui demasiado rápido con tratar de impulsar cambios, me ganó la ansiedad. Por otro lado aprendí que algunas cuestiones que a veces he aceptado, hoy me aseguraría de qué manera hacerlas y ejecutarlas. Una de las cosas que siempre me llamó la atención del arbitraje es que las decisiones de cambios nunca parten de un diagnóstico acabado, de la búsqueda de lo que se quiere. Nunca vi un dirigente diciendo “El perfil de árbitro que nosotros queremos es éste y nos vamos a poner a trabajar en este sentido”. Me parece que ese es el punto de inicio y nosotros subestimamos esa cuestión. Tiene que haber un compromiso de los dirigentes de decir “Queremos un perfil de árbitro” y después aguantarla. Un trabajo serio tendría que empezar desde ese lugar. Me gustaría hacerlo, pero creo que no están dadas las circunstancias y tampoco aceptaría cualquier cosa, no me volvería a ganar la vanidad.

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