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Nuestro columnista lanza una crítica a aquellos quienes solamente ven a la directiva de Cruz Azul sin pensar en los problemas del cuadro capitalino.

Los gritos afuera del palacio señalan al culpable de siempre. La gente furiosa acabó por acostumbrarse a escupir el mismo nombre y el mismo apellido. No hay reflexión de por medio. Un poste, un balón al aire, una patada irresponsable y cuantos improperios balompédicos puedan presentarse tienen como eje a un villano que no juega, que trabaja para seguirse hinchando de dinero y que tan sumergido está en su río de aguas negras que poco tiempo tiene para rasparse las rodillas en una cancha de futbol.

La de Cruz Azul se ha convertido en una historia lineal. Predecible en el infortunio y aún más automática en su búsqueda por solucionar los problemas. Hablar con aficionados celestes, quienes viven con la mano puesta en el corazón pretendiendo paliar el dolor, es tan redundante como dialogar con un taxista que descarga todas las culpas de sus dificultades en el gobierno. Tarde o temprano, como el taxista a la primera provocación, saldrá el nombre de Guillermo Álvarez como la cuna de todos los males. Después de eso hay poco más. Quejas hacia el técnico y unos cuantos reproches al jugador, pero el demonio celeste siempre termina siendo el viejo ambicioso que se apoderó de la Cooperativa tanto como la desgracia de su equipo de futbol.

Guillermo Álvarez ha sido tan mal gobernante que lo único noble que le queda es el diminutivo en el apodo, pero ello no lo convierte en el responsable del cataclismo deportivo. Su parte de culpa tendrá, como todos en Cruz Azul, pero pese a la revolución interna que libran con espadas desenvainadas a nivel administrativo, a los jugadores se les sigue tratando como a los valerosos caballeros que no tienen que despeinarse más que para ir a la guerra. Tienen una vida más tranquila que la del rey mismo. No tienen más obligación que jugar.

Si la premisa que dicta que un presidente con obsesiones políticas y riquezas de dudosa procedencia derrumba cualquier posibilidad de éxito deportivo fuera verdadera, no habría salvaciones milagrosas como la del Puebla, temporadas de ensueño como la de los Gallos en tiempos del ostentoso Zltako Petricevic  ni un vuelve a la vida basado en la épica como el del Atlas. En todos esos casos, quedando por enumerar muchos más en México y el mundo, las sombras puestas sobre los directivos no fueron un freno de mano para que los jugadores sobrepasaran las expectativas. Billy, tan afable de sobrenombre como implacable en los negocios, nada tiene que ver con un gol encajado de último minuto ante Pachuca, con la frustración devenida en violencia de Israel Castro ni con las decisiones técnicas de un estratega que, como los anteriores, llegó condenado a tener que triunfar a la primera, porque los cementeros hace tiempo ya que se hartaron de segundas oportunidades y de espaldarazos de mediano plazo.

El deseo de ver la sangre de Guillermo Álvarez brotando provoca que el criterio de la afición enardecida se nuble . A la distancia, Alberto Quintano sonríe con malicia. Debiendo ser el escudero que impidiera que a Álvarez lo siguieran enclaustrando granadas a punto de explotar, se lava las manos sin pena alguna y disfruta la cómoda vida de equivocarse para que sea su jefe el que pague los platos rotos. Es, a todas luces, un burócrata millonario que dejó ir a su más valiosa joya sin sacar sus máximos encantos, pero que ha destinado sus esfuerzos y habilidades estratégicas en contratar extranjeros de pobres cuentas en la cancha, pero con ceros a la izquierda directo a la cuenta del chileno.

La sociedad celeste también exige un curita que tape las heridas. Entienden que los gritos, reclamos y culpas que descarguen en Guillermo Álvarez son tan estériles como su equipo al disputar finales. Asumen, pese a que viven armando alboroto, que a Guillermo Álvarez no lo sacaran de casa. Entonces apuntan al técnico en turno. Las pancartas de reclamo han sido recicladas tantas veces que absurdo sería desconocer la historia. Si se va Guilermo Vásquez, quien con menos materia prima logró ser Campeón en Pumas, vendrá un nuevo técnico y la afición se calmara hasta que venga el primer e ineludible golpe. Entonces saldrán los tambores, las consignas, las manifestaciones y las banderas rojinegras que anuncian una huelga de amor contra el Cruz Azul.

El evangelio celeste tiene sus mártires. Con la salida de Sergio Markarián tras una novela negra como el mismo imperio Álvarez, los devotos cementeros hallaron su látigo preferido para flagelarse. Cierran los ojos para sumergirse en el hubiera, ese terreno que en la idealización encuentra su mayor riesgo, y se imaginan con la corona que se les ha negado. Viven añorando mientras respiran con pesar por un presente que los carcome.

La cabeza de Guillermo Álvarez caerá tarde o temprano. Quizás ese día comenzarán a darse cuenta de que Billy le hizo tanto mal a Cruz Azul como institución que debió irse por la puerta de atrás, pero también comprenderán que él no falló frente al arco, no permitió que Christian Benítez actuara como asesino en un país sin ley y no fue el de orgullo distraído que jugó una final como un partido cualquiera. Esa responsabilidad es de los jugadores, esos caballeros que dejaron de esforzarse al entender que los culpables siempre serán el presidente y el comandante en turno. La afición también tiene su grado de culpa.

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