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América anima al Clausura 2013 con su buen nivel, estilo agradable y lugar alto en la tabla, cosa que deleita a unos y desdicha a otros. Nuestro columnista lo analiza.

Se vale decir que el americanismo está de regreso. El interés que han despertado cada uno de los partidos de las Águilas en la Liga MX es una muestra inequívoca de las palpitaciones que genera una escuadra distinta a muchas que disputaron su respectivo presente sabiendo que el futuro les deparaba el olvido.

Su vínculo emocional con la afición se percibe en las tribunas y en el campo, donde incluso los que antes no eran más que postes con piernas se han convertido en generadores de peligro y en talentosos que son capaces de tocar el esférico a velocidad. Juegan para agradar y agradan para ganar. Aunque no siempre se consigue, la intención está, y eso el público lo premia con asistencias y fidelidad.

La lectura del fenómeno americanista debe hacerse en dos vías: la propia y la ajena. Si la que refiere a la relación con sus seguidores está más que solventada por la obra presentada cada semana, la que sostiene con sus adversarios en la tribuna se ha convertido en el más oportuno asidero para ratificar que el americanismo, cuando menos en actitud y estilo de juego, está de regreso.

No hay semana, a veces con verdad y otras por el hecho de ser América, en que no se considere que a las Águilas las ayudó el arbitraje, contaron con suerte o no son más que un globo inflado que reventará a las primeras de cambio ante los alfileres de la liguilla. Todas, versiones corrientes cada que los de Coapa han ocupado lugares altos en la tabla.

Miguel Herrera ha conseguido mucho y nada a la vez. Después de un par de temporadas en que el equipo deambuló entre la esperanza y la decepción, la afición no parecía dispuesta a tenerle mucha más paciencia de la que se le estaba exigiendo.

Y sigue renuente a ello. La bravura de América en esta edición de la Liga MX le ha dado al técnico azulcrema el respiro que necesitaba para volar sin turbulencia en la fase regular, mas un nuevo fracaso en la liguilla provocaría una decepción de la que no podría sobrevivir.

El tiempo que lleva en el banquillo, sumado a las expectativas que mediante verbo y práctica ha alimentado él mismo, exigen que este equipo de altos decibeles corrobore que es una escuadra dispuesta a ser algo más que una anécdota como muchas que se han contado en las primeras semanas para después erosionarse como roca por el viento.

América, como tantos otros, puede caer en la trampa del formato de competencia. La liguilla, ese formato de ida y vuelta que atrapa como droga de última generación, no premia estilos ni constancias, solo aplaude el ahí y el ahora.  En este punto, el esbozo de reinvención americanista palidece pese al vigor en las venas.

Si estas Águilas de buenas entradas y toque en ráfagas acudiera tal como está a la fiesta grande, protagonizaría llaves que exprimirían cada uno de los ciento ochenta minutos, pero con seguridad en alguna caería si se mantiene la constante de fallas ante el arco de Benítez, el romance fortuito o no con los postes y las desatenciones en jugadas a balón parado aderezadas por las que en cualquier parte del campo comete Aquivaldo Mosquera.

Éstas Águilas están muy cerca de lo que su afición espera, pero aún con tramos por avanzar en cuanto a lo que debe hacer en la cancha. Herrera ya consiguió devolver la pasión y mística que se había extraviado, falta que encuentre el código que combine la raza guerrera con el capitalismo de los goles. Con lo primero, seguirá llevándose portadas, pero sumando lo segundo, haría un equipo de época. Y en esas está…

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