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El legado de Miguel Calero no se quedó en el campo de juego. Los colombianos fuera de su país celebraron suyos los logros y contaron con un embajador de lujo

Cuando llegó a México, era la época en la que a los colombianos les correspondían filas especiales en los aeropuertos, en la que medio mundo creía que si un compatriota viajaba era o ‘mula’ o narco. El mantuvo siempre el nombre de Colombia en los titulares más positivos de los diarios.

Cuando había vivido lo suficiente en México tuvo ‘los pantalones’, de agradecer y hacerse ciudadano para dejar de marcar la más mínima diferencia. Porque si los ‘tuzos’ lo sentían como suyo, él abrió los brazos largos que le caracterizaban e incluyó en su familia al entorno del equipo.

Cada que detenía un penal, achicaba un mano a mano o definía en favor de su equipo cualquier disputa (porque dejaba hasta el último trapo por su equipo) la piel se erizaba para gritarle al resto del auditorio... ¡Es colombiano!

Su vuelo de arquero se elevó tan alto que pasó de ser profesional a ídolo, de capitán a campeón y de portero a ‘condor’.

Como colombiano en el exterior, es imposible dejar de notar la diferencia que un buen nombre, un gran carácter, un exitoso en su campo, hace en el trato, la recepción y la adaptación. Como muchos de los que afuera se entregan, lo consiguió todo a fuerza de trabajo y lucha entera.

Dejó de decir fútbol por ‘futból’. Prometió defender en otras vidas a Pachuca, no ‘con toda’ sino ‘a huevo’. Pero aun así se declaraba colombiano ciento por ciento y apeló de nuevo a su hidalguía (vaya lugar para serlo sino Pachuca-Hidalgo) para reconocer que Pekerman le hizo cambiar su posición al ver los resultados en la Selección Colombia.

Cuando Miguel Calero se va, deja un palco en el estadio con su nombre, títulos a granel en un equipo que era chico y que, con el proyecto que Calero y Andrés Chitiva como colombianos, se convirtió en la Universidad del fútbol; en el rival a temer en Concacaf, en el equipo con carácter de campeón construido desde los tres palos.

Al dejarnos, Calero puso su ‘montaña de arena’ para que en Centro y Norteamerica a un colombiano le hablen de fútbol, del penal detenido, del cabezazo del arquero con gorra, de la profunda exhalación al despejar el balón, del ‘pelón’ que encaraba a cualquiera pero le sonreía a todos.

Siendo tercer arquero de selección Colombia en mucho de su etapa, nunca se escuchó un desplante a los dos porteros adelante en la lista. Y cuando le tocó marcó historia (o que lo diga Palermo), en la historia del fútbol de Estados Unidos quedó referenciado como el arquero que le detuvo el penal a Landon Donovan (y todo su rito seudo cabalístico) para evitar que un trofeo internacional quedara en manos ‘gringas’. Y siendo ya mexicano le dio el orgullo a medio país azteca que alentaba a Pachuca con el solo interés de que México no perdiera con su vecino del norte.

No lo conocí más allá de los cruces que por motivos profesionales pudimos haber tenido. No sabía mi nombre y allí nace el valor de su legado. Porque cuando amigos y supuestos 'íntimos' hablan bien de ti y te endulzan el oido en ocasiones empalaga. Pero cuando como sucede con Calero, millones de desconocidos reconocen rectitud, empuje, claridad y entrega, entonces se cumple aquella máxima según la cual los verderos ídolos NUNCA mueren en la memoria colectiva.

Ahora, cuando su familia decide los pasos para que Calero empiece su vuelo final a la patria celestial, Miguel Angel sigue haciendo historia, porque colombiano, mexicano, ídolo de club y de selección, lo cierto es que ‘cóndores no entierran todos los días’.

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